05 mayo 2021

Votar por Nadie, por César Hildebrandt (Editorial de Hildebrandt en sus Trece)

 

Votar Por Nadie

Circula desde hace días un falso mensaje suscrito por un impostor. En ese texto, este periodis­ta anunciaría que votará por Keiko Fujimori.

Aclaro: no votaría por Keiko Fujimo­ri aunque me pusieran una pistola en la sien y me dijeran que no tengo opción.

No votaría por Keiko Fujimori ni siquiera en el caso de que estuviera compitiendo electoralmente con la Cucaracha Martina. En ese caso, mi voto sería por Martina.

No votaría por Keiko Fu­jimori no sólo porque es la hija de Alberto Fujimori. Al fin y al cabo, la hija de un dictador, ladrón y asesino podría ser un ángel, alguien que demostrara que la voca­ción por el crimen no proce­de de la genética. Svetlana Alilúyeva, por ejemplo, no honró, felizmente, la me­moria de su padre, Stalin, sino que intentó por todos los medios no parecerse a él. No fue un ángel, es cierto, sino una persona siempre confundida y llena de con­tradicciones, pero su vida fue un ejemplo de búsqueda inocente y errática de la paz personal.

Keiko Fujimori, en cambio, tiene todas las taras de su padre, políticas y mora­les. No sólo las tiene sino que se jacta de ellas. Y no sólo no ha condenado ese gobierno que pudrió al Perú sino que encarna su continuidad, su recomienzo, su re-re-re-reelección. Allí están, a su alrededor, algunos de los personajes que fueron comparsa de la dictadura: Carmen Lozada de Gamboa, Martha Moyano, Jorge Baca Campodónico.

¿Cuál es el programa político de Keiko Fujimori? No tiene programa propio. Se trata de la plataforma “ideológica” de la derecha peruana, el ámbar fósil de sus recetas, la lanza de la tribu. Es decir, los pobres son pobres porque les da la gana, los ricos son ricos porque lo merecieron, no hay nada que cambiar. De esa manera de pensar el Perú surgió el movimiento guerrillero de los años sesenta, la revolución militar de los 70, Sendero Luminoso de los 80 y el Pedro Castillo de las últimas semanas.

Pero la derecha peruana no apren­de. Se niega a ceder un milímetro y es feliz en su haraganía mental. Trata de ignorar que en Davos se ha intenta­do reprogramar el capitalismo, le da la espalda a Joe Biden, que acaba de fortalecer la tarea del Estado en la casa matriz del “modelo” supuestamente inamovible. La derecha peruana es la más ensimismada, la más reaccionaria y la más suicida de América Latina. Por eso está ahora alineada con Keiko Fujimori, que es garantía absoluta de conflicto, tensión social, agudización de las contradicciones y corrupción en el más vil y genérico de los sentidos. ¿Qué esperan en la CONFIEP? Si Keiko gana montada en la ola siniestra de “El Comercio” y sus ayudantías, ten­gan por seguro que el próximo Castillo arrasará en las elecciones del 2026 (si las hubiera).

Otra cosa sería si el empresariado moderno, la academia conservadora, la opinología de derechas hubiesen tenido el coraje de exigirle a Keiko Fujimori un compromiso absolu­to, firmado y público, sobre los límites que impondría a un gobierno como el suyo. Pero no. A la derecha le gusta entregarse al placer del mandón si es que este le promete que el mobiliario no cambiará de sitio y que la cholería se mantendrá bajo control. Y si para eso necesita bala y muerte, pues que vengan. Que para eso están los milicos de toda la vida y los marqueses de la muerte en el alma.

No votaré por Keiko Fujimori porque me da vergüenza imaginar que los peruanos tenemos tan poca memoria y tan poca dignidad. Ya no se trata de que la señora fue la primera dama de la dictadura. Se trata del pasado inme­diato: su conducta de golpista congresal al instaurar un régimen paralelo en el parlamento tomado por sus manadas. ¿Ya no la recordamos fomentando la huelga magisterial del CONARE, de Pedro Castillo, con el único afán de tumbarse a la ministra de Educación? Keiko Fujimori carece de la incomodidad de los escrúpulos y es capaz de cualquier cosa si con ello aumenta su poder, su capacidad de encimar y aniquilar a sus adversarios. ¿Vacó acaso a Kuczynski por razones éticas? Lo hizo para vengarse después de unas elecciones perdidas por poco más de 40,000 votos.

¿Y es a esta señora, jefa de un par­tido que funciona como un lobby de banqueros y empresarios industriales, que la derecha nombra como salvadora del país? ¿Y es a esta señora, que recibe dineros abultados de Odebrecht (plata probadamente sucia), a la que debemos aupar a la presidencia de la república?

El señor Castillo, por su parte, pasó de ser un marginal con expectativas acotadas a candidato favorito de la segunda vuelta. Ni él mismo se lo cree. Menos se lo cree Vladimir Cerrón, el dinosaurio cubanófilo que imagina que la URSS no ha muerto y que Erich Honecker sigue levantando su bracito cada 1 de Mayo en el lado rojo del Berlín dividido.

Castillo no tiene equipo, visión económica, argumentos contemporáneos. Es la expresión del legítimo resentimiento social. A Castillo no lo hicieron los comunistas ni los nostálgicos del Pacto de Varsovia. A Castillo lo fabri­caron la CONFIEP, la pande­mia, la obsoleta Constitución del 93, la prensa monocorde, el abuso de los oligopolios, la desigualdad que la derecha fomenta con absoluta irres­ponsabilidad, la ausencia del Estado. Castillo no vino gratis ni salió de la nada. Es el viejo zombi de la redención social siempre postergada. La falsa aristocracia del dinero pretende que vuelva a su tumba y quiere usar a Keiko Fujimori de enterradora.

En resumen, no votaría jamás por Keiko Fujimori. Entre otras cosas, porque sé que miente en cada palabra, en cada preposición, en cada coma. Y tampoco votaré por Pedro Castillo. Me niego a aceptar que la democracia me obligue a elegir entre una corrupta y un improvisado, entre la jefa de una orga­nización criminal con facha de partido y el inquilino precario de la dacha andina del señor Cerrón. Keiko Fujimori es la derecha acérrima que nos conducirá a nuevas violencias y renovadas inviabili­dades. Pedro Castillo casi nos garantiza el caos, el impasse social y un eventual golpe de estado.

Me niego a que la democracia sea este chantaje. Me niego a decidir entre la bala y el hachazo. Quiero vivir con dignidad. A veces, el coraje exige tomar distancia. Quizá me arrepienta más tarde por votar por Nadie esta vez. Pero estoy seguro de que ese remordi­miento no será tan insidioso como el que me carcomería si votara por Fuji­mori o Castillo. ¿Voto obligado por el pánico? Pánico deberíamos tener por haber parido un país capaz de creamos dilemas como el de estas elecciones.

CÉSAR HILDEBRANDT

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